Introducción

Este año desde el servicio de psicología de la Clínica Córtex, hemos organizado numerosas charlas para niños/as, adolescentes, padres y madres. En el caso de los padres de niños en edad prescolar y escolar, el tema que más ha destacado ha sido siempre el mismo: las rabietas.

Cuando les preguntábamos que qué es lo que más le preocupan de estas, las respuestas eran diversas (“que lo pase mal mi hijo”, “cómo me mira la gente”, “me pongo nerviosa y acabo gritando también”, “me preocupa hacerlo mal” …), pero todas se resumían en una pregunta: “¿Qué hago cuando mi hijo tiene una rabieta?”.

Y eso, es lo que veremos en esta entrada. Pero lo primero, y más importante, es dejar claro que las rabietas son propias de una etapa madurativa normal, necesaria y saludable.

Rabietas

¿Qué pasa en el cerebro del niño durante la rabieta?

Antes de saber “qué hacer” debemos saber “qué pasa”.

  • ¿Qué son las emociones?

Las emociones son reacciones automáticas, involuntarias y temporales del cuerpo y de la mente. Estas aparecen ante lo que vivimos, recordamos o pensamos. Es decir, pueden surgir por algo externo o interno.

Las emociones son universales, todos las tenemos, y son reconocibles. Se expresan a nivel corporal, de pensamiento y comportamiento.

Además, a pesar de que las solemos clasificar como “negativas y positivas”, todas las emociones son importantes y funcionales. Entre estas funciones encontramos:

  • Función adaptativa: nos preparan para la acción (huir, luchar o protegernos).
  • Función social: nos ayudan a comunicarnos y expresar cómo nos sentimos y entender a otros.
  • Función motivacional: nos motivan a actuar, nos orientan hacia nuestras metas.
  • Función informativa: nos informa de cómo estamos y qué necesitamos.
    • ¿Por qué a los niños les cuesta tanto gestionarlas?

Como ya hemos visto, las rabietas son normales y madurativas. Por ello, vamos a ver cómo es la evolución normal de estas:

  • De 0 a 3 años (heterorregulación): el bebé no puede calmarse solo. Necesita el contacto, la voz y el consuelo de sus cuidadores para que su sistema nervioso vuelva a la calma.
  • De 3 a 6 años (inicio de la regulación): empiezan a usar el lenguaje para expresar qué les pasa («tengo miedo»), aunque todavía se ven desbordados fácilmente por las rabietas.
  • Edad Primaria (6 a 12 años): ocurre el gran cambio. Es la etapa de la transición hacia la autorregulación.

Pero, a veces, puede costarles más. Al igual que nos pasa a los adultos. En estas etapas, esto se debe, principalmente, a:

  • Desarrollo emocional: parte del cerebro encargada de regular las emociones y tomar decisiones racionales, la corteza prefrontal, aún no está completamente desarrollada, lo que hace que las emociones sean intensas y rápidas.
  • Falta de experiencia y aprendizaje: aún están aprendiendo a reconocer sus emociones y necesitan el apoyo (corregulación) de los adultos para gestionarlas.
  • Vocabulario emocional limitado: muchos niños no tienen el vocabulario necesario para nombrar lo que sienten, por lo que la frustración se traduce en comportamientos disruptivos, gritos o llanto…
  • Factores físicos y sensoriales: falta de sueño, el hambre o la sobrecarga sensorial (exceso de ruido, luz o estímulos) pueden provocar desregulación emocional rápida.
  • Factores externos: estrés, cambios en la rutina, conflictos familiares o la exposición excesiva a pantallas pueden limitar la capacidad del niño para procesar emociones

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Guía de supervivencia: ¿Qué hacer (y qué NO hacer) en el momento del “volcán”?

  • Tiempo fuera o lugar de la calma: cuando la rabieta es intensa, puede ser útil el aislamiento temporal. Es importante que tanto padres como niños comprendan que no se trata de un castigo sino de una técnica que ayudará a todos a tranquilizarse.
  1. Dejar al niño solo en una habitación, donde no tenga distracciones.
  2. Durante unos 5 o 10 minutos, advirtiéndole de que si sigue en esa actitud el tiempo puede prolongarse.
  3. Para que este sistema sea efectivo, es conveniente actuar con tranquilidad.
  4. Asegurarse de que no se pueda hacer daño con nada, ni que pueda herir a nadie, alejándose del público si es preciso.
  • Utilizar técnicas de relajación: para que el menor se calme más rápidamente podemos utilizar técnicas de relajación. Por ejemplo, las técnicas de respiración (activan el sistema parasimpático y les ayudan a regularse y calmarse), ejercicios de conciencia corporal, relajación sensorial y relajación en imaginación. Estos ejercicios se pueden encontrar en internet y los puedes realizar en familia (a todos nos viene bien para y descansar el cuerpo y la mente).
  • Validar emociones sin ceder en el límite: “No llores, no es para tanto.” → “Sé que estás enfadado porque querías seguir jugando.” Después se mantiene el límite (“Pero ahora tenemos que irnos a casa.”).
  • Mantener la calma del adulto: los niños aprenden a regularse a través del adulto (corregulación). Si el adulto grita o pierde el control, el niño se desregula más, “primero regulamos al adulto, después al niño.” Respira hondo y baja el tono de voz.
  • Fomentar la reparación: una vez que el niño se ha calmado, es el momento del aprendizaje porque su cerebro vuelve a estar “conectado”. En lugar de un “pide perdón” forzado y vacío, pregunta: “¿Qué crees que podemos hacer para que el otro se sienta mejor/ para arreglar lo que se ha roto?”.

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Mejor prevenir que curar: estrategias para el día a día

  • Anticipar las situaciones difíciles: muchos conflictos aparecen cuando los niños no están preparados para los cambios. Anticipar lo que va a pasar (“En cinco minutos nos vamos del parque.”) les ayuda a prepararse emocionalmente.
  • Uso de rutinas: esto ayuda a evitar la incertidumbre.
  • Usar pocas normas pero que sean claras: demasiadas normas generan más conflicto. Es preferible usar pocas, pero que sean claras y repetidas siempre de la misma manera.
  • Dar opciones cuando sea posible: esto reduce la oposición. Por ejemplo: “¿Quieres ponerte primero los zapatos o el abrigo?” “¿Prefieres recoger los coches o los bloques?” El adulto mantiene el control, pero el niño siente autonomía.
  • Reforzar las conductas positivas: a veces prestamos más atención a lo que hacen mal. Es importante destacar cuando lo hacen bien. Por ejemplo: “Me ha gustado mucho cómo has recogido los juguetes.” Esto aumenta la probabilidad de que lo repitan.

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Conclusiones

Educar no es lograr que nuestros hijos no tengan tormentas, sino convertirnos en ese puerto seguro donde siempre puedan volver para aprender a navegarlas. Recuerda que ellos no siempre harán lo que les decimos, pero siempre acabarán haciendo lo que nos ven hacer: tu propia calma.

Por último, me gustaría recomendar las siguientes lecturas:

  • Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2012). El cerebro del niño. Alba Editorial.
  • Markham, L. (2014). Padres conscientes, hijos felices. Ediciones Obelisco.
  • Nelsen, J. (2007). Disciplina positiva. Ediciones Oniro.
  • Barkley, R. A. (2013). Hijos desafiantes y rebeldes. Editorial Paidós.

Si deseas aprender a gestionar o que un profesional te ayude a encontrar las herramientas necesarias para esta etapa, nuestro equipo de psicología te puede orientar, estaremos encantados de ayudarte.

Pide tu cita en Clínica Córtex.

 

Bibliografía

  • Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2012). El cerebro del niño: 12 estrategias revolucionarias para cultivar la mente en desarrollo de tu hijo. Alba Editorial.
  • Goleman, D. (1996). Inteligencia emocional. Kairós.
  • Markham, L. (2014). Padres conscientes, hijos felices: Cómo dejar de gritar y empezar a conectar. Ediciones Obelisco.
  • Nelsen, J. (2007). Disciplina positiva: El manual clásico para enfocar la conducta infantil desde el respeto, la firmeza y la empatía. Ediciones Oniro.
  • Barkley, R. A. (2013). Hijos desafiantes y rebeldes: Consejos para su manejo. Editorial Paidós.
  • Caballo, V. E., & Simón, M. A. (Eds.). (2002). Manual de psicología clínica infantil y del adolescente: Trastornos generales. Pirámide.

Rocío Hernández -logopeda psicóloga -Clínica Córtex
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Logopeda y Psicóloga.

• Máster en Psicología General Sanitaria –Universidad Internacional de Valencia (2023-2025)
• Grado en Logopedia – Universidad Pontificia de Salamanca (2020- 2023)
• Máster en intervención Clínica Logopédica – Universidad Pontificia de Salamanca (2019-2020)
• Grado en Psicología – Universidad de Salamanca (2014-2019)

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